miércoles, 15 de octubre de 2014

Jugada

         "¿Qué he hecho yo para merecer ésto?" Pensaba una y otra vez mirando al cielo. "Ugh... Ayudadme a salir de ésta Dioses del campo, y os prometo esas ofrendas que nunca llegué a presentar y más."


         Era un poco bajito en comparación a sus compañeros de clase y encima ahí, agachado en el suelo entre arbusto y arbusto era difícil de ver, para su suerte. Un rayo de sol se colaba entre las ramas y se apoyaba justo en su cara, haciendo que sus ojos verdes y su pelo castaño claro parecieran más brillantes que de normal. Era un chico guapo, o eso decía su madre.


         Estaba sufriendo, y se podía apreciar en su cara, normalmente iluminada por su casi permanente sonrisa. Y apuesto cualquier cosa que si en ese mismo momento le hubieras hablado de ese pastel de arándanos que se comió casi entero él solo, su cara habría pasado de expresar dolor a rabia, o incluso náuseas. Pero para su suerte poco quedaba ya. Plop. En un segundo, de la agonía, ¡a la felicidad de la liberación! "¡Gracias Dioses, gracias! Aunque, la verdad es que ésta era una petición muy sencilla, quizás a la próxima..."


         Y un pequeño canto lanzado desde otro arbusto interrumpió su pensamiento golpeándolo detrás de la cabeza, dejándolo seco al instante.


         -Dioses, Mara, mira cómo ha caído -Decía en voz baja a su compañera pero con ganas de gritar, mientras se acercaban al cuerpo inerte del joven- Dime por favor que no lo has matado… O nos vamos a meter en un...
         -No, mira, aún respira. Eso sí, le va a doler hoy, mañana y pasado.


         Las dos tenían casi la misma edad, Lor nació el último día del último mes del año L y Mara el primer día del año M. Casi a la vez, sólo que en familias distintas. Han sido amigas desde la niñez, aunque tampoco es que sean muy mayores aún. Eran casi de la misma estatura también. Mara, la del tirachinas, era ligeramente más alta que Lor, y también más robusta. Lor nunca había tenido que trabajar en el campo, en vez de ello tuvo la suerte de poder ir a la Academia del pueblo, bastante conocida en la región por ser una de las tres escuelas de magia del continente.


         -¿Escuchas eso? Hay gente acercándose. Corre, cógela. -dice Mara, lanzándole la bolsa del alumno de la escuela a Lor, que por poco no la caza- y corre hacia dentro del bosque. No mires atrás, nos vemos en el punto de encuentro.
         -Pero, Mara…
         -He dicho que corras -gritó susurrando.


         No lo pensó dos veces, y para cuando giró la cara ya no pudo ver a su compañera de lo lejos que estaba. En seguida llegó al lugar en el que se reuniría con Mara, en una pequeña catedral abandonada, mitad derruida (salvo por la parte de la capilla, que se conservaba estable), y mitad comida por la flora. Se encontraba a las afueras del pueblo y lejos de los jardines de la Academia, allí nadie les molestaría. Se podía ver sobre el altar un saquito morado de terciopelo, cerrado por una cuerda de colores dorados.



         En lo que esperaba a que llegara su compañera empezó a investigar lo que había dentro del saco; varias gemas de cristal de color transparente (uno tenía una curiosa nube color violeta dentro, la otra parecía estar llena de un líquido verdoso, y otra de ellas brillaba en amarillo), una bolsa con huesos -Seguramente estudia Pronóstico por su cuenta, en su escuela no dan clases de adivinación.-, varias plumas para escribir, un tintero, y el motivo por el que asaltaron al pobre aprendiz, un grimorio de la Escuela Gaueko, “de la noche”. El libro estaba forrado de piel escamada color negro, con el dibujo de la cabeza de un lobo de frente en plateado, y estrellas de color bronce. Lor lo abrió y empezó a buscar una frase en él.
         Media hora después o así, llegó Mara. Venía apurada, y su ropa era diferente, pero familiar. Tan pronto como se dio cuenta Lor, le miró con cara de sorprendida, pero también preocupada; ahora llevaba puesta la túnica, el sombrero, los guantes, y hasta las botas del aprendiz.


         -Mejor ni preguntes…-Dijo Mara mientras se rascaba la nuca. -¿Has encontrado ya el ritual?
         -Sí, estaba esperando a que llegases. Es un libro muy interesante, ¡está lleno de conjuros que ni sabía que existían! Ojalá pudiéramos quedárnoslo…-Empezó a pasar páginas. Mara se acercó a mirarlo. No sabía leer, pero le gustaban los dibujos que había en él. -¡Oh! Mira éste, a ver qué te parece. -Dijo con una sonrisa de oreja a oreja. Entonces, se acercó a una cucaracha muerta en el suelo, la tocó con un dedo, y repitió tres veces una palabra en un idioma totalmente desconocido para su compañera. Al acto surgió del cuerpo del insecto un brote, que empezó a crecer hasta llegar a tener la altura de las muchachas. La punta de la planta mágica se abrió, y florecieron cinco pétalos muy pomposos del mismo color que el saco de terciopelo. El olor de la flor era muy bueno, pero un poco peculiar, cualquiera con un olfato educado en la Academia podría adivinar que ha surgido de la magia, pero que era bonita no se podía decir que no, y podía apreciarlo hasta el más bobo del pueblo. Además, a la para nada refinada nariz de Mara no le importaba, desde niña había tenido que trabajar en la granja porcina de su padre.


         -Tan mona como siempre… -Se acercó a la flor, sonrojada, y alzó la mano para acariciar un pétalo. Pero la mano de Lor le frenó.
         -Ni se te ocurra, a no ser que quieras pasarte tres días en la cama sin poder moverte. ¡Y sabes que no tengo fuerza suficiente ni para arrastrarte hasta casa! Pero… ¿a que es bonita? Es la única forma de atraer a la víctima.  
         Confusa, y con los ojos abiertos como platos Mara retiró de golpe la mano, y se apartó de la flor. En seguida cambió de tema, le daba vergüenza haber estado a un centímetro de caer en una trampa mágica, aunque también estaba segura de que Lor no le habría dejado tocarla. -Bueno, al grano- Se acercó al altar, soltó la cuerda del saco, y posó su contenido cuidadosamente en la piedra. Era el cuerpo de un gato de color blanco. Estaba templado, y cualquiera hubiera dicho que en realidad el gato lo que estaba es echando una siestecilla dentro del saco. Era Suria, la gata de la madre de Lor. Desde que su esposo murió, había estado muy apegada a la criatura, los dos le tenían mucho cariño, y por supuesto Lor también. Desde que tiene memoria ha vivido junto a ella. Suria nunca llegó a ver el sol salir ese día, y antes de que su madre se enterase, a Mara se le ocurrió un plan para no tener que darle la mala noticia a la pobre mujer.


         “-Seguro que en algún libro de esos vuestros tienen algún conjuro para reanimarla. ¡No me puedo creer que a ningún mago se le haya muerto su mascota, o alguien querido, y no haya investigado en ello!
         -He oído hablar de conjuros de esa rama, pero nunca han salido bien, nunca vuelven a ser lo que eran, o…
         -Bueno, ¡mucho mejor que ver cómo se le rompe el corazón a tu madre!- Le interrumpió. -¿Qué es lo peor que podría pasar? ¿Que no funcionara?”


         Lor se acercó al altar también. Dejó el libro abierto en una página con unos dibujos un tanto macabros, posó una mano sobre el cuerpo inerte de Suria, y agarró con la otra la mano de Mara, que aunque no sabía de magia, estaba segura de que no era parte del ritual, entendió, y la apretó con confianza. Empezó a dibujar con el dedo símbolos en el cuerpo del animal, y a susurrar el conjuro.


         Habían pasado veinte minutos, y la gata no había movido ni un pelo. Lor apartó la mano del altar, y se quedó callada.


         -¿Qué pasa? ¿No funciona?
         -No entiendo, lo he pronunciado bien…-Pasó el dedo por las palabras del conjuro para asegurarse. -Sí, hace rato que Suria debería haber reaccionado.
         -Bueno, no nos pueden decir que no lo intentamos.
         -La verdad es que no estaba segura ni si daría resultado. -Dijo, apenada, mientras se alejaba del altar. Agarró la bolsa del aprendiz, que estaba aún en el suelo. Mara, que se había quedado sin saber qué hacer al lado de la mesa de piedra entendió que Lar se había dado por vencida y se acercó a recoger el cuerpo de Suria. Pero nada más rozó su pelaje, ¡groar!, un arañazo en la mano le hizo saltar hacia atrás.


         -¿¡Suria!? -Gritó sorprendida Lar.
         -Poco queda ya de la criatura a la que llamábais Suria. -Pestañeó, y sus ojos se tornaron negros, como si estuvieran vacíos. -Y de su alma, sólo los recuerdos. -Cada vez que abría la boca, parecía que hablaran cuatro personas al unísono.
         -¿¡Quién eres, y qué has hecho con Suria!? -Preguntó Mara enfurecida por el dolor del arañazo y el miedo a aquello que estaba ocupando el cuerpo de la que en su día fue una gata más que adorable.
         -¿Desconocéis mi identidad? Qué divertido, que hayáis invitado a unirse a la fiesta a alguien del que no sabéis ni el nombre. ¿Acaso no os ha enseñado vuestra madre que…?
         -¡No metas a mi madre en ésto!


         Mara se abalanzó hacia la extraña criatura para callarla, que saltó directa hacia su cara y la tumbó al suelo. Empezaron a forcejear, y a dar vueltas, hasta que la chica golpeó a la que ya no era Suria contra el suelo, rompiéndole una pata, y la lanzó al otro lado de la capilla.


         -Lar, por favor... ¡¡¡haz algo!!! -Gritó entre jadeo y jadeo. -Tiene que haber algún conjuro para deshacer… -Giró la cabeza hacia el altar, y vio que el libro aún estaba ahí. Se levantó como pudo, casi abalanzándose hacia el libro, pero tropezó y cayó al suelo. La criatura se estaba recuperando del golpe, no le daría tiempo a coger el grimorio antes de que se le volviera a lanzar encima.


         -Vaya, vaya, si tenemos a toda una rebelde… Has sido muy mala, una niña muy, muy mala, y mereces un castigo a la altura… ¡MEOW! -Una nube de color violeta se levantó alrededor del cuerpo de Suria. Lar le había lanzado una de las gemas de cristal que había en el bolso. Casi al instante la nube se esfumó. Parece que el gas dentro de la gema había tenido un efecto soporífero, el demonio se había quedado dormido, en el suelo. Mara se apresuró a meter el grimorio dentro del saco de terciopelo, y corrió hacia Lar.


         -Vamos, ¡no te quedes ahí quieta! ¡Aprovechemos para escapar!
         -Pero, Ma…


         -Lar, ¡corre! -Le agarró de la mano, y a toda velocidad escaparon del edificio.


-¿Continuará?-








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martes, 14 de octubre de 2014

Avance de mi relato para el proyecto Neminis Terra

          "¿Qué he hecho yo para merecer ésto?" Pensaba una y otra vez mirando al cielo. "Ugh... Ayudadme a salir de ésta Dioses del campo, y os prometo esas ofrendas que nunca llegué a presentar y más."

          Un poco bajito en comparación a sus compañeros de clase y encima ahí, agachado en el suelo entre arbusto y arbusto era difícil de ver, para su suerte. Un rayo de sol se colaba entre las ramas y se apoyaba justo en su cara, haciendo que sus ojos verdes y su pelo castaño claro parecieran más brillantes que de normal. Era un chico guapo, o eso decía su madre.

          Estaba sufriendo, y se podía apreciar en su cara, normalmente iluminada por su casi permanente sonrisa. Y apuesto cualquier cosa que si en ese mismo momento le hubieras hablado de ese pastel de arándanos que se comio casi entero él solo, su cara habría pasado de expresar dolor a rabia, o incluso nauseas. Pero para su suerte poco quedaba ya. Plop. En un segundo, de la agonía, ¡a la felicidad de la liberación! "¡Gracias Dioses, gracias! Aunque, la verdad es que ésta era una petición muy sencilla, quizás a la próxima..."

          Y un pequeño canto lanzado desde otro arbusto interrumpió su pensamiento golpeándolo detras de la cabeza, dejandolo seco al instante.